El metro

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María sale tarde del trabajo. La canguro del niño muestra enfado al otro lado de la línea. Lo comprende, este mes es la sexta vez que sucede, y hoy solo es día doce. Pero las tareas en la oficina, cada vez más numerosas, la agobian y le da la sensación de ser más lenta despachando los temas. Hoy justamente lo comentaba con Cristina en el descanso para el café. Ojalá fuera capaz de largarse a la hora en punto, como su compañera, aunque queden sobre la mesa montones de albaranes por entrar en el sistema.

La zona de transbordo del metro está casi vacía a esas horas, poco más que un chico joven unos pasos por delante. Mira el reloj y comprueba horrorizada que son casi las ocho, por lo que acelera lo que le permiten los botines de tacón alto que calza. Al rebasar al muchacho y verle el perfil, descubre que es moreno, la nariz aguileña, el ceño fruncido. Su madre siempre la previene sobre el preocupante incremento de los robos en el transporte, principalmente a manos de migrantes. Le parece escuchar cómo los pasos a su espalda aumentan también el ritmo, por lo que nerviosa empieza a correr. Alcanza por fin la escalera del andén dos, y comienza a bajar ligera. Uno, dos, tres, cuatro peldaños. Descubre algo más tranquila que un señor vestido con traje azul inicia un ascenso rápido por el lado izquierdo. Cinco, seis, siete, ocho… el tacón se engancha, el tobillo se tuerce y siente como pierde pie a la vez que intenta de forma infructuosa asirse al pasamanos, el aire tórrido del subterráneo colándose entre sus dedos. A punto de volar por encima del último tramo, alguien la agarra de la chaqueta, consiguiendo que en lugar de caer al vacío, quede sentada en el noveno escalón.

‒¿Te has hecho daño?‒escucha una voz con un claro deje extranjero, mientras observa como el hombre del traje azul se cruza con ella sin detenerse.

‒Espero no haberte hecho daño al cogerte‒ insiste el muchacho.

María no sabe si le duele más el tobillo torcido o el escozor de la vergüenza que siente en el ánimo.

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