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Lo siento, no soporto el lila. Tampoco conduzco. Aun así, sobrevivo.
En la infancia, soñaba con ser psiquiatra, pero la sangre me paralizaba. Acabé por matricularme en Psicología, convencida. Muchos creen que estudiar Psicología es un sucedáneo del Grado en Medicina. Otros lo comparan con el transporte público: accesible, masificado y desalentador. Discrepo con todos.
Gran parte de mi vida ha transcurrido en el metro. Línea verde: de Paral·lel a Mundet durante los estudios del Grado y de Paral·lel a Catalunya cuando quedaba con amigos. De este último trayecto, los colegas se burlaban por la vuelta que daba. Lo razonable hubiera sido coger la L2, la lila, pero nada más pisar el suelo del vagón, caía desmayada. Literal. «Dejen espacio para que la chica respire», ordenaban los mayores. «¿Te quieres sentar?», ofrecían las personas racializadas. «Esto es una vergüenza», aportaban los que se sumaban a las quejas, pero ni se movían. Desde el suelo, me consolaba la mirada solidaria de algunos.
Mis amigos no sabían que, a parte de mis desmayos, se añadía un aliciente en la L3: ella. Unos treinta años, ademanes pausados, cabello corto y aros dorados de tamaño extremo. Cuando yo subía en Paral·lel, ella ya ocupaba un asiento junto a la salida. Siempre en el segundo vagón. No apartaba la mirada de las pantallas de un eBook o de un móvil. Nunca descubrí el color de sus ojos ni el título de lo que leía. ¿Sería escorpio también? Si me sentaba, abría mi libro con parsimonia, en aquella época defendía las virtudes del papel. Los ejemplares los pedía prestados en la biblioteca, donde la celulosa abundaba y mi economía no se resentía.
En el tiempo que coincidía con ella, apenas me podía concentrar en las palabras. Con el rabillo del eyeliner espiaba sus movimientos lánguidos. Se levantaba en la parada de Catalunya, aunque con el gentío de costumbre no lograba verla salir.
Durante estos años, en el metro he perdido un reloj a manos de un listo, he deseado llevar máscara de gas ‒que no mascarilla, tan incómoda‒, he empollado como posesa y he saboreado la música, impuesta o escogida. A veces, en los días de lluvia prefiero viajar en bus. Me deleita pensar que soy temeraria.
Desde hace un tiempo vivo con mi pareja en Consell de Cent. Un primer piso en la calle de las controvertidas obras. Al poco de mudarnos, sufrimos una crisis, que conseguimos superar cuando le corté la melena. Fue un acierto, le queda de fábula.
Como trabajo en Glòries, recorro la línea roja desde la estación de Rocafort. El color de la sangre ya no me abruma, a pesar de que todavía aborrezco el lila. En mi despacho trato a pacientes con trastornos fóbicos. Paso largas jornadas escuchándolos encajonada en una butaca. Vomitan sus aversiones, mientras yo acallo mis dolores de espalda. «Inicio de escoliosis. Más ejercicio y quita cosas del bolso», me aconsejó el médico. He comprado un eBook para aligerar peso y me apeo en Catalunya para caminar un par de kilómetros hasta casa.
A diario, la busco entre los viajeros del vagón dos, pero no la he vuelto a ver. Me pregunto por qué me fijé en ella. Cuando no leo ni reviso el móvil, espío mi perfil en el reflejo del cristal. Mis aros dorados centellean, quizás excesivos para mi corte de pelo.
Pido disculpas, no me he presentado. Llamadme Dalila.