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Había borrado de un plumazo la sonrisa de burla de mis amigas. Atrás quedaban los “Ah. Qué bien que ahora cosas”, “Así te distraes ahora que Rafa ya no vive en casa”, “Claro, ahora sin trabajo puedes llenar las horas tejiendo” y, la puntilla, “Así que ahora haces calceta, como las abuelas”. Ahora, sí. Ahora todas seguían pasmadas tras la publicación de Úrsula Castañas.
Llevaba casi dos años aguantando los comentarios hirientes de la mayoría y los condescendientes de unos pocos. Porque las calceteras –sí, me considero una calcetera– parece que habitamos un mundo anclado en el siglo XX o, si no, que tejemos como terapia frente a un trauma. A lo mejor no les falta razón, porque en casa Rafael me mira con sorna desde su butaca mientras come cacahuetes, que según él son muy sanos, y me deja el suelo de terrazo sembrado de cáscaras, como el de la jaula de cualquier zoo. Antes me enfadaba. Ahora tejo y después lo limpio.
Empecé siguiendo tutoriales de youtube y comprando las lanas y las agujas en el bazar de la esquina. Me estrené con el punto bobo, que es sencillo. Las primeras semanas tuve que hacer, deshacer y rehacer: como Penélope, la de Ulises. Navegando por internet descubrí comunidades de calceteras, blogs y cuentas de instagram dedicadas. Hice mi primera compra on-line con ayuda de mi hermano Luís, que domina la ciencia oculta de los ordenadores. La recepción del primer pedido fue como la llegada de los reyes magos en abril. Os juro que al abrir el papel de seda color canela donde venían primorosamente envueltos los ovillos, me temblaban casi tanto las manos como en mi primera cita con Rafael.
A los nueve meses, mis tesoros ocupaban un baúl de madera ‒el que antes contenía los warhammers que Rafa se llevó al irse a vivir con la novia‒. En ese mismo tiempo adelgacé cuatro kilos, porque realizaba mis compras con el dinero que antes dedicaba a comprar los bollos que merendaba cada tarde. Con la casa recogida y la cena casi preparada, me sentaba frente al ventanal del salón, que da a las pistas de baloncesto de una escuela, para practicar con tozudez los diferentes diseños que descubría. A veces me quedaba el escote demasiado holgado o las costuras torcidas, pero acabé por lucir algún modelo que hasta Rafael alabó. Conseguí que se volviera generoso y me pagara la compra de materiales de mayor calidad. Resultado: volví a engordar.
A las horas dedicadas a la tarea de tejer, que me hacía volar sobre los aros de las canastas y olvidar cuando Rafa jugaba ahí a baloncesto, se sumaba la comunidad, virtual o no, que formaba con mis nuevas amigas: las calceteras. Una de ellas es Marisa, una malagueña que es pura energía. Fue ella la que al ver uno de mis dibujos para adaptar un diseño a mi propio estilo, me propuso que probara a diseñar yo misma. “Tía, tu tienes buenas ideas”. Y lo hice. Lo pasé fantástico, aunque el primer chal quedó descangallado.
El quinto diseño propio fue: “turbante fantasía con abanicos y cordones”. Una idea atrevida que imaginé sobre las mechas rubias de la modelo Úrsula Castañas. Bueno, a mí tampoco me iba a desentonar, que yo también tengo encanto. A Úrsula la seguía en sus múltiples apariciones en televisión y en los magazines de moda. La admiraba: su estilazo, su atrevimiento, su atractivo… No sé si culpar a la fiebre, de cuando pasé el COVID, para justificar lo que hice: envié a la dirección postal de una de las revistas en que colaboraba Úrsula un turbante en punto fantasía con abanicos, tejido con algodón y glitter, de color aguamarina.
Tardó unas semanas, pero llegó el momento. Úrsula publicó un selfie en IG con mi diseño. Cuando recibí la notificación en el móvil con una referencia a mi cuenta, sentí una flojera en las piernas y tuve que sentarme en el suelo del pasillo, la espalda apoyada contra la pared. Ahí estaba su foto, con los ojos maquillados en el mismo tono del hilo. Mi turbante realzaba sus pómulos envidiables. El mensaje: “Hoy me siento como una amazona dispuesta a luchar. Diseño de @damaherreroxx”. Repuesta del tembleque, todavía sentada en el suelo, hice un pantallazo, no fuera un espejismo y la publicación se disipara. No desapareció. Grité, grité y grité. Ya en el salón, le envié la publicación a Marisa, que llamó de inmediato. “¡Ala, tía! ¡Esto es la caña! Ponlo ya y que se mueran de envidia”. Lo publiqué, con el mismo regusto dulce en la boca de cuando Rafa caminó por primera vez. Recibí llamadas, mensajes y tuits de la nueva comunidad y de la antigua: ahora todas eran mis amigas y yo ya no era una abuela. Tras pavonearse por todo el barrio con la noticia, mi madre me visitó, vestida con su mejor vestido y el broche de oro que era de su madre.
A la mañana siguiente, salió a la luz que Úrsula había matado a su expareja. Un arquitecto que la había abandonado por una veinteañera morena, monumental y titulada.
Por la noche, tras la cena, Rafael me lanzaba miradas de soslayo. Más que a mí observaba a las agujas y la desenvoltura de mis dedos mientras tejía. Estas eran del 3,5, muy delgadas. Acaricié con parsimonia una de las puntas. Por primera vez, las cáscaras de los cacahuetes caían ordenadamente sobre el plato, el suelo reluciente.