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Esa noche no había pegado ojo. La culpa no la tuvo que extrañara la cama, acostumbrada como estoy a dormir en habitaciones de hotel. Era la cuarta vez que me alojaba allí aunque Marisa me había ofrecido que pasara la noche en su casa a sabiendas de que, una vez más, diría que no. Cree que sería raro no proponerlo siendo mi hermana, la única que tengo.
Los últimos fines de semana los había pasado en el pueblo. Primero fue la caída de papá y todo el revuelo de su estancia en el hospital. Después las gestiones para ingresarlo en una residencia que con la excusa de que soy economista recayeron en mí. Mi padre nos lo puso fácil: aceptó desde el primer momento que ya no podía seguir viviendo solo. Ahora parece cómodo compartiendo partidas de cartas con los residentes y con la fama que se ha agenciado de buen cantante, porque entona con desparpajo “El toro enamorado de la luna”. Creo que le revolotea alguna pretendienta. Si lo viera mamá que en paz descanse.
A Marisa le vinieron las prisas por vaciar el piso familiar. Para eso no me pidió ayuda, ni yo se la ofrecí. Es curioso que a pesar del desapego del que me acusa, por haber marchado joven a la capital y haber regresado solo de visita, sea precisamente a mí a la que le resulte incómodo trastear con las cosas de papá estando él todavía presente. Pero el origen de nuestras discusiones no fue quién se agenciaba los objetos valiosos, o no, de nuestros padres. El culpable de nuestros desencuentros fue Miqui.
En una sobremesa en casa de Marisa, mientras mi cuñado sesteaba en el sofá, mi sobrino jugaba con la play y nosotras tomábamos café, me lanzó la sentencia.
–Miqui no se puede quedar más aquí. Malú no lo soporta y cada dos por tres se caga en el suelo.
Observé a Malú y sus lanas marrones estirada plácidamente a los pies de mi cuñado. Ni rastro de Miqui por ninguna parte.
–Está en la terraza –dijo Marisa que había seguido mi mirada.
–¿Con este frío? –Reconozco que el tono resultó demasiado agudo.
–Si tanto te preocupa encárgate tú.
La deriva que tomaba la conversación me empezó a inquietar.
–Sabes que no puedo quedarme con él. Estoy muy poco en casa.
–Ya… tu trabajo. Pues yo tampoco puedo. Miqui es demasiado viejo y da mucho trabajo.
–Pues, ya me dirás qué hacemos. Los que propusisteis que papá tuviera perro, cuando mamá murió, fuisteis vosotros– le recordé.
–Lo he hablado con el veterinario y lo puede solucionar. No resulta caro. Está ya muy viejo y no le queda mucho–. Ignoró mi comentario.
Su respuesta me encendió. Cuando aceptó que el perro de papá viviera con ellos, ya percibí un destello de duda. Para mí era de pura lógica que ellos, que ya tenían uno, acogieran a un segundo. Me levanté y me asomé a la terraza. Miqui debió percibir un movimiento tras el cristal porque se acercó arrastrando las cortas patas traseras.
El lunes siguiente inicié una búsqueda de todas las residencias caninas de la zona. Cada tarde al salir del trabajo visitaba una a una las perreras de la comarca. Hubo algunas que me parecieron indignas por muy animales que fueran los acogidos allí. Otras, seguramente adecuadas, me dejaron un sabor agrio en el paladar. Mis compañeros se burlaban de mi preocupación. “No te creíamos tan animalista”. Animalista yo, que no había tenido ni un pez en mi vida. Fue la propia Marisa quien dio con la solución en una charla telefónica.
–Ha llamado Petra preguntando por papá, ya ves. Sigue tan hippie como siempre –. Una luz se prendió en mi cabeza.
–Le podemos pedir a ella que se quede con Miqui –propuse.
Se hizo el silencio.
–Tú misma. Te paso su número.
Petra es nuestra prima, de mi misma edad. En la infancia, cuando visitábamos la masía de los abuelos, jugábamos con ella al escondite o nos bañábamos en la alberca. Ella, que vivía allí por ser su padre el hereu, se desenvolvía en ese entorno con una soltura que yo envidiaba. Ahora, como propietaria de la casa pairal, con su marido se dedica a la explotación agrícola del terreno. Cuando me había ido del pueblo perdí el contacto pero mi hermana, tan apegada a los formalismos, seguía felicitándole las fiestas y se comunicaba con ella para eventos familiares. Apeé la vergüenza de telefonear a alguien a quien había ignorado durante tanto tiempo. Me sorprendió la alegría con que acogió mi llamada y la rápida aceptación de mi propuesta.
Mi noche de insomnio en el hotel había precedido al día en que llevaría a Miqui a su nuevo hogar: Can Nuet. Lo recogí en casa de Marisa y lo bajé en brazos envuelto en una manta. “Llévala por si se caga”, me aconsejó. Lo situé en el asiento del copiloto, sus ojos oscuros posados en mí. Con muy poco tino me había puesto un jersey negro de cuello vuelto que me estilizaba pero que atrajo los pelos grises de Miqui. Intenté eliminarlos con un cepillo que llevaba en el coche pero fue inútil. El recorrido eran poco más de cuatro kilómetros por una carretera de montaña que serpenteaba entre robledos. No recuerdo la música que sonaba en el coche, pero sí el sonido de la cola que golpeteaba al ritmo. Cuando nos acercábamos a la casa me pareció más pequeña que la recordaba. Al bajar del vehículo, me reí de mi vanidad al ver el suéter de Petra, todo bolas, y mis zapatillas de marca embadurnadas.
–¿Quién es este muñeco? –Petra acarició a Miqui en la cabeza– ¡Mira quién te viene a saludar!
Un par de perros tan mestizos como Miqui, pero que le doblaban en volumen, se aproximaron a olisquearlo. Al inicio pareció asustado y se arrimó a mí, pero al poco se aventuró a seguirlos con pisadas inseguras por el camino que bordeaba la finca. Los dos se detenían cada tanto para esperarlo porque avanzaba lastrado por la fragilidad de las patas.
Esa noche dormí como nunca.