La estampa

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El crujido de la ventana al abrirse va con retraso. Los dígitos del reloj en la fachada del supermercado lo confirman: las cuatro y cuarto. El reflejo de la luz en el cristal me ciega y no consigo distinguir a Rodrigo, pero sin duda es él, nadie más se asoma desde ese piso. Sentado en cuclillas coloco sobre la tela las gorras Nike para dejar la parada preparada. La rambla, tranquila a estas horas, está tapizada por un manto de hojas. El roce de los pasos menudos de Rodrigo, salpicado por el repiqueteo del bastón, me confirma que ha salido del portal. Mis colegas Abu y Morat, que remolonean ante mi primera señal, se levantan del banco tras la segunda. Ser el más antiguo rodando por estas calles otorga ciertas prebendas.

A mitad de trayecto Rodrigo me muestra la caja con los caramelos pegajosos que saboreamos cada tarde. Esos momentos, acomodados en el banco, en que apenas cruzamos unas palabras, las afortunadas que consiguen escapar del jadeo de su respiración centenaria y retar a mi mutismo. De los retales de esas charlas, he compuesto el puzle de sus batallas en una guerra que desconozco empuñando armas de nombre peculiar. Me divierte la desaprobación dibujada en su boca, bajo el bigote ralo, cuando observa a mis clientes, sobre todo a los más jóvenes. Ésos a los que califica como “fruto del espíritu corrompido que impera en este país”. Callo porque no creo que en el mío predomine uno mejor.

Esta tarde, al sentarse, la agitación se impone al porte marcial que generalmente quiere imprimir en sus gestos. Con manos temblorosas me tiende una golosina verde que desenvuelvo con calma y agradezco con la mirada.

–Musta, hoy traigo novedades importantes. En un rato vienen a casa para ponerme la vacuna.

–¿La del COVID? –le pregunto.

–Claro, hombre. ¿Cuál sino? ¿No serás negacionista? –pregunta con alarma.

–No, yo no soy nada. Me alegro por ti.

Me levanto para alejar a unas palomas que se cuelan entre la mercancía expuesta. No es que a mí me molesten, pero si las dejo lo emborronan todo y la suciedad espanta a los posibles compradores.

–¿A vosotros os vacunan? –insiste.

–No creo –respondo lacónico.

–Ya –dice pensativo. –Lo comentaré con la enfermera. Seguro que a mí me hará caso.

El tono autoritario de las últimas palabras provoca que una sonrisa se empeñe en escapar del rictus que siempre me acompaña. Rodrigo preserva todavía una memoria notable, pero el sentido de la realidad le empieza a resultar esquivo.

Una brisa saltarina alienta el revoloteo de las hojas y aguijonea con un escalofrío a Rodrigo, que lo pretende combatir ajustando su bufanda a cuadros. El goteo de los viandantes va engrosando su caudal con la salida de los colegios. Habituados al cobijo que nos ofrece nuestra transparencia ante ojos ajenos, me sorprende cuando algún transeúnte parece reconocer a Rodrigo y lo saluda de forma escueta. La persistencia del viento entreverado de humedad hace toser a Rodrigo.

–Deberías marchar. El tiempo no está bueno.

–En el Jarama sí que hacía frío. Esto no es nada. –Sigue tosiendo.

En el cielo el celeste decae asaltado por jirones violáceos.

–Bueno, me voy a casa a esperar a la enfermera. Mañana te cuento.

–Hasta mañana.

Se incorpora, a duras penas, sin ayuda. Nunca la pide. Jamás la acepta. Me alejo para atender a un chaval que me señala una bolsa Gucci.

‒¿Cuánto tío?

Una cierta alteración en el aire me alerta. No presencio el resbalón, pero sí asisto al alboroto de las hojas, las manos de Rodrigo pugnando por aferrarse a un asa invisible. Morati, el más rápido, alcanza a poner la mano para frenar el golpe en la cabeza. El resto de huesos no corren la misma suerte, se desmoronan estampándose contra el suelo. En un primer momento me fascina la contemplación de un rostro tan blanquecino, porque mis muertos no palidecen. El temblequeo del bigote por el resuello me alivia. Duele presenciar los riscos que ahora dan forma a su cadera. Intento acallar su frío amortajándolo con una chaqueta Napapijri. La camiseta de Messi como almohada improvisada. Mis compañeros y yo plantados con los móviles inútiles en la mano. El paisano del bazar, que consiguió visa hace unos meses, llama a emergencias. Permanecemos los cuatro a su lado. Cuatro extraños en las esquinas de una camilla imaginaria para el militar caído. El sonido amenazante de las sirenas inicia nuestra retirada cargados de bultos.

Por la noche intento rememorar la cara de mi abuelo, pero es en vano.

 

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