El dilema

Nuria.

Hoy he visto en televisión a Ana Bantet. Preparaba las tostadas cuando he oído su nombre en voz del presentador. El rojo de la chaqueta y el buen gusto del maquillaje suaviza el paso de los años en su rostro. Calculo que tendrá cuarenta y cinco, no, cuarenta y seis años. Sabía de su cargo como directiva en una ingeniería, por un comentario de Fran en el claustro de profesores. “Nuria, estarás contenta. Ana Bantet aprovechó tus clases de mates”. Somos los únicos del equipo docente que quedamos de aquella época.

Enseñar matemáticas no es tarea fácil, aunque me temo que nunca lo es en cualquier materia. Hay etapas en que cuesta mantener el entusiasmo. Bueno, mejor dicho, el interés ante tanta expresión pasmada en el aula. Pero también hay alumnos que te devuelven al momento en que decidiste dedicarte a la enseñanza y disfrutas con cada teorema, con cada demostración que se digiere con gusto.

Recuerdo mi discusión con Gerardo el profesor de literatura por aquel entonces, mi defensa acalorada: “Ana también está dotada para la ciencia. Ya tienes alumnas que quieren estudiar letras. Déjame al menos recomendar a Ana el bachillerato científico”. El tiempo parece haberme dado la razón.


Gerardo.


Mientras desayunaba me he topado con la foto de Ana Bantet en una revista. En su rostro serio, en exceso maquillado, se entrevé a la quinceañera que fue. No me sorprende descubrir que se ha impuesto en una disciplina dominada por hombres. Le había perdido la pista desde que dejé el Instituto y me mudé. Ni siquiera sabía que estudió Aeronáutica.

Suelo asistir a todas las presentaciones de libros escritos por antiguos alumnos. Me dedican el ejemplar con cariño y mal disimulado orgullo. Sobre dedicatorias me viene a la memoria la que escribí para Ana en su informe de final de curso. Ése en que acepté a mi pesar que estudiara ciencias: “Ana es el nombre de La Regenta. Clarín está muy presente en mi vida. Tú entenderás el silogismo.”

Me detengo en una frase de la entrevista que releo con ilusión a mi marido: “Mis hijos se llaman Nuria y Gerardo en honor a mis mejores profesores”. Hoy el café no amargaba.

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