La fobia

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La pantalla silenciada ilumina a duras penas el dormitorio. Acostada a mi lado, mi pequeña resopla ocupando el espacio del padre ausente. Un aleteo oscuro dibuja una trayectoria descendente ante los gestos mudos de la protagonista de la serie que veo. Tras el plof del choque, mi entrecejo fruncido. Me levanto, con cautela y sin calcetines, para perseguir un posible eco. Lo único que resuena airado es mi corazón. Con una lentitud de tortuga centenaria, me agacho para mirar bajo la cama. Espiro: ahí no hay nada. Un nuevo aleteo la descubre: una cucaracha bajo la mesilla. “¿Pero vuelan?”. Digna competidora de un galgo, agarro a la niña y corro por el pasillo. En su cuarto, con una calma que no siento, la dejo dormida a buen recaudo. Los cachivaches bajo la encimera en la cocina tintinean al son de mi búsqueda trastornada. Al fin, el bote de insecticida en mis manos. Tras la fumigación, mi dormitorio se transforma en improvisada cámara de gas.

Con el cuento, el reloj marca las dos. Un reconfortante olor a infancia me acoge, con estrecheces, en la cama de mi hija. La puerta bien cerrada.

Mi cuerpo entra en calor tras unos minutos de paz. “Si duermo cinco horas, mañana todavía seré persona”. En el inicio de mi rendición al sueño, irrumpen en mi oído unos diminutos pasos sobre el parqué. Clic, clic, clic, clic, clic… “No puede ser…” De nuevo mis pies desnudos sobre el suelo. Al entreabrir, la alimaña renqueante se aproxima por el corredor huyendo de la muerte. La furia blanquea mis nudillos al cerrar la puerta. “Piensa Carla, piensa…”. Enrollo una toalla y la coloco en el umbral como blindaje. Clic, clic, clic, clic, clic, clic… Silencio. Mi oreja adherida a la puerta. La proximidad de un CLIC me convierte en piedra. El rumor, que no cesa, parece ascender. El leve sonido de la bisagra al abrirse demuestra que el temor a lo desconocido ha vencido a mi fobia… Mis ojos desorbitados se prenden en la cucaracha escalando por el marco. Cierro con presteza provocando los chillidos minúsculos de la bestia, atrapada entre las lamas de madera. Mi sonrisa desquiciada al imaginar el cuerpo traspasado por espasmos. Las quejas convertidas en murmullo, después en silencio. Inspiro al girar la maneta. El trofeo de una pata pegada al marco. Los restos inertes en el suelo.

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