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Siento una extraña curiosidad por la iglesia que se ve desde la ventana de mi puesto de trabajo. La fachada ocre y azul, la escasa altura, la vetustez de la construcción y la ausencia de campanario, la convierten en un edificio sin valor arquitectónico. Sé que se trata de una parroquia porque así lo indican las sencillas letras situadas en el frontal. Este espacio religioso resulta modesto, sin los lujos inexplicables a los que nos tienen acostumbrados. Curiosamente sus puertas permanecen abiertas la mayor parte del día, hasta bien entrada la noche, en contra de lo que sucede en la mayoría de otros templos de estética más agradecida.

Observo el ir y venir de los ancianos del barrio, coincidiendo con los horarios de las misas, algún que otro joven, en su mayoría de aspecto extranjero. La fila de los desfavorecidos coincidiendo con las horas de las comidas, en busca de esa ayuda que las más de las veces les es negada por otros. Me resulta enternecedor pensar que este anodino lugar, en realidad preserva el espíritu original de estas construcciones. Porque no dejo de imaginar a cualquier profeta con su poblada barba, aguardando en la cola para recibir el pan.