La sandía

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Estoy estirado en la oscuridad de la noche. Siento como el frío va apresando mis extremidades flácidas, como si mis huesos se hubieran diluido. Las estrellas en el cielo parecen apagarse minuto a minuto, mientras el intenso dolor de la brecha en mi cabeza da paso lentamente a un adormecimiento creciente. Con tristeza imagino la cara apesadumbrada de mi esposa, de mis hijos, esperando en la aldea noticias mías. Nuevas de todos los que marchamos a la batalla, unos meses atrás. No soy el único que se duele tirado en el suelo, bajo las almenas de esta muralla que desde aquí parece infinita. El murmullo de los que se lamentan disminuye, a la par que sus vidas se desprenden de sus cuerpos maltrechos, como el mío. Toso sin fuerza, me ahogo y aspiro una bocanada que mezcla el hedor de la sangre, la mía propia, con el olor de las sandías despanzurradas por todo el campo. Ésas mismas que han servido como carga de las catapultas, cuando seguramente nuestros enemigos acabaron toda munición. Tal vez mañana sea mi cabeza la que vuele desde la fortaleza para caer sobre las nuevas hordas que sin duda llegarán. Vuelvo a inspirar ese aire, por última vez. 

*****

La niña teclea en la tablet frente a un cuenco de leche con cereales. La madre trastea con los cacharros de la pasada cena, que saca del lavavajillas. 

‒¿Qué es el ADN? ‒pregunta la pequeña. 

‒Uf, el ADN…‒suspira la madre que va con prisas. ‒A ver el ADN es como un tatuaje diferente que tenemos cada uno de nosotros y que nos hace únicos.

‒¿Un tatuaje?‒pensativa deja de mirar el dispositivo. 

‒Bueno, un tatuaje exactamente no. Como una marca…‒responde de forma vaga.

‒El ADN se hereda pone aquí‒insiste la hija. 

‒Sí, es cierto. Tu ADN es una mezcla del mío y del de papá, eso es heredar.

‒¿Y de los abuelos también?‒sigue preguntado mientras se remueve sobre el taburete. 

La madre, un tanto exasperada, corta una porción de sandía y se la aproxima en un plato. 

‒Sí, de los abuelos también, y de los padres de los abuelos… Venga, come la fruta que sino llegaremos tarde al cole. 

‒Jo mamá, sandía no, que huele a sangre. 

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