El balcón

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Sentada en la terraza de este piso recién estrenado, una brisa urbana mece mis cabellos, me refresca el ánimo. El verde de los plataneros conforma una alfombra que oculta la calzada de donde proviene el rumor de los coches, el grito alborotado de algún niño. En un balconcillo de la finca vecina aparece una mujer joven que se sienta frente a una mesa de exterior, en la única silla. Ella, mejor preparada que yo, coloca una botella de vino sobre la mesa, de la que se sirve una copa de forma distraída, centrando su atención, no distingo bien, en un dispositivo móvil o tal vez una publicación en papel. Mi imaginación juega a dejarla soltera, oficinista en un despacho. Cansada tras una larga jornada de trabajo, habrá adquirido el hábito de disfrutar del encanto de esta hora crepuscular, como yo misma ahora. Me fascina su aparente tranquilidad, la parsimonia al verter el líquido, la mirada un tanto perdida, esa forma de parecer presente y ausente a la vez. Desde el interior me llama mi marido, rompiendo sin querer el encanto del momento. Me levanto y recojo el taburete sobre el que estaba sentada, uno provisional que casi no aguanta mi peso, que debí comprar en un bazar hace unos años. Echo un último vistazo al cielo amoratado. Al girarme, ella me observa con una sonrisa y me saluda con un gesto de la mano, al que yo respondo sintiendo un inexplicable contento. Mañana me propongo salir a la misma hora a este balcón, del que ya siento como mi nuevo hogar.

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