Me despierto con el pijama pegado a la piel del escote, a la de los muslos escondidos bajo las sábanas de la cama. La luz que se filtra a través de las lamas de la persiana dibuja rayas doradas en mi brazo y aclaran el vello escaso. Me siento dichosa al oír el gorjeo de los pájaros que se posan en el alféizar de la ventana, excitados por la brisa de estas horas tempranas. Brisa que claudicará frente al empecinamiento de la canícula estival, la que ralentiza el ritmo de los compases de la vida que bulle fuera.
Recostada todavía, siento un leve zumbido en la cabeza, un inoportuno peso en las piernas como prendas de una merecida resaca tras la fiesta de anoche. Los farolillos de colores que adornaban las palmeras, los acordes de las canciones que bailé con Marisa sin darnos tregua, el frescor del primer trago de cerveza que recorría mi garganta, el dulzor del helado de fresa que rescaté de los labios de Juan. El aire que se aventuraba desde un mar calmo, que desprendía arena de la playa, que hacía ondear mi melena y se impregnaba con el humo de las fogatas. No logro recordar los chistes que explicó Carlos, pero sí percibo mis mandíbulas descoyuntadas tras tantas risas. Al girarme, me asalta un cansancio profundo, un dolor hiriente, pero esos peajes que se cobra la verbena merecieron la pena.
Remolonearé más antes de levantarme, daré a mi cuerpo un breve respiro, porque en una mañana cercana volveré a la orilla del río, con Juan de la mano. Las plantas de mis pies sentirán la caricia húmeda de la hierba tocada por el rocío y el helor del agua que tonificará mis músculos mientras nado y grito por el frío. Después me tumbaré sobre la toalla en la orilla, tendida junto a él, una pareja de lagartijas al sol. Treparemos por desniveles pedregosos bajo un calor inclemente, a momentos al abrigo sombrío de árboles frondosos, y sudaremos, exhaustos por el esfuerzo. Al rozar la cima recibiremos la recompensa de la soberbia panorámica sobre los valles, las nubes algodonosas en un cielo de un azul insultante, el pueblecito con sus casas de piedra amagado a lo lejos, la punta de la torre de la iglesia tan chica desde allá arriba. Tras la comida, con el cansancio aun a cuestas, llegará la siesta, las sombras danzarinas de las cortinas mecidas por el viento, esos momentos de obligado silencio, salpicados a veces por ahogados suspiros.
Creo percibir un perfume que reconozco como el de azahar, o tal vez me equivoque y sea jazmín. Me tomaría con dicha un piña colada, bien fresquita, con una pizca de ron y mucho licor de coco… Entonces Rosa irrumpe en la habitación con esa mirada jovial que me regala cada mañana mientras abre la ventana. De repente, recuerdo uno de los chascarrillos que explicó Carlos, ése que trataba de una enfermera como la misma Rosa y se me escapa una risa exigua, que de tan mínima apenas oigo.
‒Hola, cariño. Veo que te has despertado contenta. Seguro que es porque hoy tienes visita.
Oigo las palabras de Rosa y, de improviso, se me aparecen las manos sobre el embozo de las sábanas, surcadas por venas azules como mangueras henchidas por el riego, salpicadas de manchas, de arrugas. Abandono esa contemplación inquietante, para mirar a través de la ventana un avión que vuela alto, uno de tantos que transportará a turistas hacia lugares lejanos, como la viajera que yo también fui en otros veranos como éste.
Consigo recordar que hoy vendrá mi nieta, con su cara dulce de la que ahora solo alcanzo a ver los ojos, y me sacará de la residencia sentada en la silla de ruedas para pasear por la alameda. Podré ver las hojas de los árboles, todavía verdes, y los frutos de las madreselvas que no hayan caído. Podré escuchar los trinos de los merlos, y las risas felices de los niños alentadas por el vaivén de los columpios. Podré oler la fragancia de las rosas ufanas en los parterres y de la tierra humedecida por el agua que se escape de la fuente. Podré saborear el bollo comprado en el puesto de la esquina y la acidez de la limonada fresca que tomaremos en el kiosco del parque. Podré sentir el soplo del viento cálido sobre mi cara y la caricia de la piel suave de mi nieta, sobre mi brazo.
Comprendo al fin que los veranos vividos son evocaciones, que aquellos que vendrán son esperanzas y descubro que sin duda ahora presencio el auténtico verano de mi vida.