
Durante unas semanas en que mi vida viró de forma inesperada, al unísono con gran parte de mis congéneres acobardados y desconcertados por un ente microscópico, decidí hacerme un selfi en cada una de esas jornadas en que, de forma obligada, desarrollaría íntegramente mi actividad profesional y personal encerrada en casa. La idea, con claras pinceladas de egocentrismo, era motivarme frente a un escenario que se presentaba desconocido y angustioso, ‒a pesar de que mi situación de privilegio me permitía poder teletrabajar y por tanto correr un mínimo riesgo‒ ,obligándome así a conservar mi habitual aspecto físico, manteniendo una estética similar a la que venía luciendo en mi anterior día a día. Me concedí aparcar los zapatos de tacón, pero me obligué a cambiar a diario de camisa, blusa, camiseta, jersey, o vestido, para que la autofoto, de medio cuerpo, fuera reconociblemente única. Por descontado me prohibí utilizar pijama o chándal, prendas por las que sentíamos todos una magnética atracción por aquel entonces. Ese simplón objetivo, engañosamente planteado para quince días, se acabó alargando, y descubrí, con sorpresa y no poca vergüenza consumista, que en la nada despreciable cifra de veintitrés instantáneas no repetí el “outfit” de mi “top”. Cada mañana ‒convertida en ocasiones en un rosario de tedios, desesperanzas, inseguridades, o miedos ‒ ,durante unos segundos, no creo que llegaran a ser minutos, me permitía el lujo de banalizar sobre la indumentaria escogida, como si el transcurso de las siguientes horas no fueran a suceder entre las mismas paredes, ni mi marido ser el único espectador posible, seguramente ajeno las más de las veces, de mi look. Pero a mí, ese hábito autoimpuesto, me servía para diferenciar levemente esas horas grises y hacerme sentir fugazmente dueña de mi destino, una tontona “influencer” sin seguidores.
La mañana siguiente al fin obligado de mi experiencia de “home style”, ‒porque mi vestuario, merecedor sin duda de un vestidor que realmente no poseo, no fue tan extenso como nuestro sometimiento al confinamiento‒, decidí realizar una composición artística con esas veintitrés instantáneas, reflejo de esos momentos captados en el despacho improvisado, en la terraza redescubierta, en el sofá hipnotizador e incluso en las bienvenidas videollamadas con los amigos. Ese mosaico fotográfico aspiraba a ser un recuerdo personal de ese tiempo, de cómo conseguí ilusionarme cada mañana por una futilidad, y acabó también siendo inesperadamente un recordatorio del consumismo en el que he caído, en un intento de devolverme la cordura en esta era de despilfarro, para conducirme a la contención que de alguna forma todos los habitantes del primer mundo nos deberíamos autoimponer con urgencia y sin falta. Nunca me planteé que esa iniciativa acabara siendo una de tantas con las que sacar rédito, como ha venido sucediendo con las incansables muestras de vivencias, emociones y análisis de las consecuencias post pandemia, presentados en cualquier formato, que emergen con impudicia y diferente grado de buen gusto, como medusas en un mar estival.
Una vez finalicé la composición, tuve la vanidosa idea de imprimirla, como si de un pequeña pieza de patchwork se tratara, para así tenerla visible y cercana los sucesivos días en mi mesa de despacho. A la mañana siguiente, ataviada con una prenda inevitablemente repetida, ‒me negué a comprar una pieza nueva‒, mientras mantenía una reunión virtual que se alargaba ya más de lo necesario, miré de soslayo el mosaico para descubrir con sorpresa que uno de los fotogramas parecía haber mutado y perdido sus colores, mostrando una imagen en blanco y negro. Intrigada por esa deficiencia que el día anterior no había detectado, pasé el resto de la reunión preguntándome cómo no me había dado cuenta antes, ‒ni tampoco mi marido cuando le mostré orgullosa el resultado‒, siendo como soy una persona ciertamente meticulosa, seguramente mucho más de lo que un psicólogo recomendaría. Cuando por fin pude mirar con detenimiento el retrato ayudada por mis gafas doradas que corrigen la presbicia, me percaté de que efectivamente por error, al escoger la foto debía haber seleccionado la opción para modificarla y convertirla al blanco y negro. Ese recuadro divergente afeaba el propósito de mi idea primigenia, y decidí con paciencia montar meticulosamente de nuevo el mosaico policromo. La impresión defectuosa fue convenientemente destruida y almacenada en el depósito de reciclaje de papel, porque reciclamos, o dicho más adecuadamente seleccionamos la basura ingente que generamos para que otros la reciclen.
A primera hora, mientras conectaba el ordenador, la taza de café humeante todavía en la mano, fijé de nuevo mi mirada en la imagen “damero” y comprobé atónita que otro recuadro esgrimía mi rostro sonriente mirándome, en blanco y negro. La impresión que me produjo este descubrimiento provocó que un movimiento descontrolado de mi mano vertiera parte del café, incorporando manchas marronosas y húmedas al collage. Tras intentar minimizar el desaguisado secando con papel absorbente las máculas del café en los objetos diseminados sobre la mesa blanca, me senté para comprobar de nuevo el fotomontaje guardado en la memoria del teléfono móvil. Otra vez parecía haberme equivocado, aunque mi recuerdo se obstinaba en devolver mi estampa enfundada en una camisa verde botella, y no en ese negro petróleo que me asaltaba desde el dispositivo y el papel húmedo, ya claramente abombado por el líquido derramado. En las siguientes horas mi nivel de concentración en el trabajo decayó de forma notable, a pesar de que siempre me vanaglorio de mi facilidad en mantenerme atenta a los temas profesionales que me ocupan. De nuevo me decidí por no explicarle nada a mi marido sobre el incidente, porque a menudo me echa en cara que me obsesiono demasiado por las cosas. Al acabar mi jornada laboral, algo más extensa de lo habitual por despistes que me obligaron a repetir alguna tarea, volví a preparar meticulosamente el nuevo montaje, sin borrar el anterior. Mis veintitrés rostros hieráticos, me sonreían un tanto burlones desde fotos donde predominaban tonalidades como el rojo, el morado, el violeta, el verde, el azul o el rosa, que son mis preferidos. Satisfecha por el resultado, decidí en esta ocasión no imprimirlo, aunque debo reconocer que movida por una inquietud que me acompañó hasta la noche, antes de acostarme volví a comprobar la imagen, que se mantenía idéntica a la que proyectaba mi memoria.
Por desgracia, mientras desayunaba sentada en la moderna barra que compartimos mi marido y yo en la cocina, él leyendo en voz alta las noticias sobre los cansinos desencuentros entre los políticos de este país, miraba con un súbito tic en el ojo izquierdo, como otro rostro sin color me observaba desde la pantalla de mi móvil. En esta ocasión mi cerebro rememoraba una blusa de estampado lila y rosa, que ahora lucía totalmente monocromo frente a mi. Esa faz blanca, espectral, me dejó sumida en un desconcierto que detectó mi marido por la noche, sentados frente a un televisor que yo no veía, centrada en el nuevo mosaico que había reconstruido a todo color y que observaba una y otra vez, buscando un cambio que no se producía ‒ Cariño ¿te pasa algo? No has hablado casi en todo el día. No te preocupes más, que en nada volvemos a pasear por la playa para coger conchas ‒.
A partir de entonces mis días fueron una sucesión de mañanas difusas, tardes eternas y noches en vela. Vagaba todo el día en pijama, sobre el que me ponía una sudadera durante las horas de trabajo, despeinada y sin maquillar. Apenas hablaba a lo largo de la jornada, perseguida por la mirada preocupada de mi marido, que antes protestaba por mi alegre verborrea a la que acostumbraba a responder con onomatopeyas mientras sus ojos miraban la televisión, el diario, la comida o cualquier otro objeto de supuesta mayor relevancia en ese instante que mi rostro, que ahora observaba apesadumbrado, esa cara cada día más pálida, las ojeras más oscurecidas. En la cama, noche tras noche, sin conseguir conciliar el sueño, inquieta mirando el móvil que ahora cargaba en la mesilla,‒ en contra de todas las recomendaciones médicas‒, para comprobar compulsivamente, una y otra vez, ese mosaico de colorines, hasta que exhausta la duermevela me vencía durante unas horas, para constatar al despertar, con mirada perdida, que otra porción diferente de la fotografía se había transformado de nuevo.
Por fortuna esa paranoia en la que quedé sumida y que temí fuera un bucle infinito, resultó ser finito. Duró exactamente veintitrés jornadas. Porque la mañana del vigésimo tercer día, al despertar de una horrible pesadilla profusamente empapada en sudor y repetir el ritual de chequear el dispositivo como en cada una de las interminables recientes madrugadas, el mosaico lucía carente de otros tonos que no fueran los consabidos e insultantes blanco y negro. Pero ahora sí permitiéndome distinguir en el conjunto del montaje, en el contraste de los pixeles negros sobre los blancos, unas letras mayúsculas conformando la palabra: ESPERANZA. En ese mismo instante oí a mi marido gritar desde la ducha ‒ ¡Cariño levántate que hoy por fin nos permiten salir para ver el mar! ‒.
Hola! Me ha encantado!!
Lo he leído del tirón!!
👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻😘
Me gustaMe gusta