
En este día, 8 de Marzo, aterrizaba ilusionada, hace tres años, en las bonitas fauces blancas de la ciudad de Moscú. Esa fecha es en Rusia un día especialmente señalado, envuelto en importantes conmemoraciones y marcado como uno de los festivos más relevantes del año. Esa coincidencia propició sin duda en mi espíritu, siempre tendente a un romanticismo en realidad nada romántico, una vinculación personal entre el llamado «día de la mujer» y aquel brevísimo viaje, poco más de setenta y dos horas, que concentraron una experiencia personal fantástica, sin duda enriquecedora como lo es siempre la relativización que los viajes nos permiten dibujar sobre nuestra cotidiana realidad, más aún cuando dispones de un guía privado que habita la ciudad y es un apreciado amigo de la infancia. Como irónica conexión con esta jornada,viajábamos mi marido, mi hije y yo con esas premuras, en su mayor parte a causa de mi condición de mujer y trabajadora. Debido a mis responsabilidades profesionales como directiva de una empresa de servicios, era prácticamente impensable que dejara desatendida la actividad de la empresa y sus clientes, en un mes de Marzo siempre áltamente productivo, más allá de una pequeña extensión del fin de semana. A esa circunstancia se añadía la enfermedad de mi madre, que la tenía postrada y perdida en un mundo ajeno, en una vida sin vida, que compartía con mi padre, ese esposo amado, que ya, de avanzada edad, no podía responsabilizarse de una casa y un cuidado que le sobrepasaba. Por ello yo controlaba y supervisaba a diario el servicio de atención a ambos, en un añadido a mi ya estresante, día a día. Impensable pues, en ese contexto, ausentarme más allá de esas cuatro noches de su lado. Sin duda esa tarea era una carga inherente a mi sexo, que he seguido asumiendo, aunque en menor medida hasta ahora, a pesar de la ausencia de esa madre queridísima. Esa obligación hubiera sido inopinadamente distinta, incluso tal vez no hubiera existido, de haber nacido bajo ese género, privilegiado hasta nuestros días, denominado masculino. Aún así, quizás fruto de mi educación, estoy segura que, de volver a nacer, la seguiría asumiendo como una responsabilidad enternamente mía.
A pesar de estos prolegómenos dolorosos de mi relato, la estancia en tan maravillosa capital resultó esplendorosa, como lo es la ciudad en sí misma. La crudeza del frío, desconocido para estos tres nacidos en el Mediterráneo, se sobrellevaba, a duras penas, gracias a los buenos consejos recibidos sobre la indumentaria adecuada y la aplicación de algunos hábitos menores pero necesarios. Porque allí el frío olía a frío, límpido, pavoroso. Las baterías de los «iphone» desfallecían tras las primeras hora de permanecer en el exterior helado, los mechones de cabello húmedos que se escapaban, ilusos, del abrigo de gorros y capuchas, se transformaban en púas cristalinas que corrían el riesgo de quebrarse al más mínimo contacto. Las calles heladas, cubiertas de más de cincuenta centímetros de nieve, eran transitables gracias a la incesante labor de los trabajadores, venidos de otras repúblicas de la antigua URSS, que equipados con palas dejaban un paso entre la blanca nieve y que además también liberaban los tejados del peso de las capas de hielo, de los espectaculares carámbanos que los culminaban. El andar del forastero se convertía en un deporte de riesgo, por la falta del hábito de transitar a buen ritmo sobre los restos entremezclados de agua, nieve y lodo, atento al suelo para esquivar las temidas placas de hielo, extremadamente resbaladizas, sin olvidar echar de vez en cuando la vista a lo alto, no sólo para contemplar la belleza del entorno, sino para sortear los aludes de nieve, provocados, desde las techumbres. Nuestra mirada quería empaparse de todo aquello sobre lo que se posaba, porque, a pesar del helor, lució por fortuna el sol salpicando de múltiples brillos todos los detalles.
Moscú es una bonita ciudad de contrastes, desde las enormes moles de los edificios de la época estalinista hasta las exquisitas iglesias ortodoxas de cúpulas doradas o multicolores, que representan un inigualable placer para el espectador. Sin olvidar la pomposidad de las galerías de lujo, donde se comercializan las más glamurosas marcas occidentales, o la inevitable referencia a la decoración de las estaciones del metro, en un buscado símbolo de la supuesta entrega del estado al pueblo. Me sorprendieron enormemente algunas de las mujeres que tuve ocasión de observar, aunque no de tratar, por su notable belleza eslava, con unos envidiables rostros, de tersura impensable en nuestras latitudes castigadas por el sol, de ojos de un azul cristalino, extremadamente fríos. Me asombraron sus suntuosos atavíos, envueltas en buenas pieles, las más de las veces cogidas del brazo de un hombre, sobrellevando con certera dignidad y gracia, un calzado de tacón imposible en general, pero inaudito para esas latitudes. Justamente la visión de esas mujeres me aproxima, sin poderlo evitar, a la idea de “esclavitud”, a la necesidad de anteponer un valor estético, mayormente apreciado por el hombre, a la comodidad y practicidad que parecen sólo poder ostentar ellos. Sé que es un detalle ínfimo, ridículo incluso, frente a los incontables atropellos que ha sufrido el sexo femenino a lo largo de la historia, pero mi cerebro, desde entonces, no puede desligar la imagen de esos «stilettos» sobre el hielo, con el monumento moscovita “obrero y koljosiana”, símbolo de la mujer campesina. No se cuantos años, lustros o siglos deberán pasar para que la mujer sea capaz de “ser sin dependencias”, más allá de las indispensables e inherentes a las etapas de la idealizada infancia o la temida vejez. No se siquiera, si el término mujer acabará transformado, atendiendo a esos nuevos movimientos sobre la no dualidad de género. En cualquier caso, yo que me considero una persona privilegiada a pesar de las demostraciones extras que he debido asumir a lo largo de mi vida para conseguir lo mismo que un hombre, como ser más inteligente, ser más trabajadora, ser más seria, ser más discreta, ser más ambiciosa, ser más sacrificada y un largo etcétera, sólo espero poder continuar asistiendo a los logros que propicie esta juventud en marcha. Pido que esa juventud no cometa el error de aproximar su actitud a los más reprochables procederes que, desgraciadamente, han caracterizado al género masculino y que, por fortuna, no todos los hombres abrazan. Hoy, de nuevo, mi imaginación vagará por las calles de Moscú vestida de un rabioso violeta.